Aionas y Velindara
Ellos son, quizá, los personajes más sencillos en cuanto a diseño. Son humanos. Humanos normales.
A diferencia de otros miembros del grupo, no nacieron de una criatura mitológica, de una raza fantástica ni de una idea visual especialmente compleja. Aionas y Velindara surgieron desde un lugar mucho más cotidiano: la necesidad de que Entherra también tuviera personajes cercanos, reconocibles, capaces de mirar lo extraordinario desde una humanidad más directa.
En su primera concepción hubo, como ocurre a veces al crear, pequeños ecos de personas reales y de vínculos importantes de aquella época. Nada más que eso: una chispa inicial, un punto de partida afectivo. No son retratos, ni versiones disfrazadas de nadie, ni personajes escritos para representar a personas concretas.
De hecho, con el tiempo comprendí que apoyarse demasiado en referentes reales puede convertirse en una trampa. Si un personaje queda demasiado pegado a alguien conocido, cuesta dejarlo crecer. Uno empieza a pensar qué haría esa persona, qué no haría, qué podría resultar injusto o demasiado parecido.
Por eso Aionas y Velindara fueron alejándose pronto de cualquier origen externo. Dejaron atrás esos ecos iniciales y empezaron a funcionar por sí mismos dentro de la historia.
Aionas se convirtió en un joven soldado marcado por el deber, la inseguridad y las ganas de estar a la altura. Velindara, en cambio, fue tomando forma como una presencia luminosa, cercana y profundamente humana dentro de un mundo lleno de monstruos, demonios y fuerzas antiguas.
Su sencillez visual no los hace menos importantes. Al contrario. En una saga poblada por dragones, criaturas imposibles y guerreros demoníacos, Aionas y Velindara sirven para recordar que la aventura también necesita rostros normales, emociones reconocibles y personajes que no nacen del mito, sino de la vida corriente.
Aionas es un soldado común y corriente. Alto y fuerte, sí, pero sin poderes, sin sangre demoníaca, sin magia y sin ninguna habilidad especial que lo coloque por encima de los demás. Precisamente ahí estaba el desafío: hacerlo especial sin convertirlo en algo extraordinario.
En un mundo donde los enemigos pueden medir tres metros y la muerte es casi una certeza, un humano armado únicamente con una espada y su coraje ya es, en sí mismo, un héroe.
Aionas es así.
Su virtud no está solo en la fuerza, sino en la decisión. Sabe que tiene todas las de perder y, aun así, hará lo correcto. Puede que haya algo de ingenuidad en ello, pero también hay grandeza. Porque esta es una historia donde, en ocasiones, el bien puede tirar un dado más a la hora de determinar una victoria.
Velindara, en cambio, tiene otros matices.
Si Aionas cuenta al menos con su tamaño y su entrenamiento para tener una oportunidad, Velindara ni siquiera tiene eso. Es pequeña, joven y apenas ha sido entrenada por Xeros. Recién llegada a la adultez, se ve arrastrada a un juego de guerra que no entiende y para el que no está preparada.
Por eso quería conservar en ella esa imagen de joven tabernera, de alguien todavía ligado a una vida cotidiana, humilde y reconocible. Me interesaba que transmitiera cierta fragilidad en un mundo de bestias, guerreros y criaturas imposibles. No una fragilidad entendida como debilidad, sino como punto de partida: Velindara no nace preparada para sobrevivir en ese mundo, tendrá que aprender a hacerlo.
Ella representa la juventud enfrentada de golpe a un entorno brutal. Lo que empieza como una mirada ingenua hacia el héroe que admira acabará obligándola a mirarse a sí misma y descubrir de qué está hecha realmente.
Pero Velindara también cumple una función muy importante dentro de la historia: es uno de los pocos puntos emocionales vulnerables de Xeros. No en el sentido romántico que ella quizá desearía, sino como uno de los escasos vínculos afectivos que conserva el mercenario al inicio de la historia. Para Xeros, Velindara es casi una sobrina, o una hermana pequeña. Su preocupación por ella es uno de esos rasgos que todavía recuerdan que, bajo la armadura, la violencia y su origen semidemoníaco, sigue habiendo algo humano.
En un mundo que no tendrá piedad solo porque sea joven e inexperta, Velindara tendrá que encontrar su propia forma de defenderse. No porque sea la más fuerte, ni la más preparada, sino porque rendirse nunca será una opción para ella.
Así, Aionas y Velindara terminaron encontrando su lugar dentro de la historia. Nacieron de un recuerdo personal, pero dejaron de pertenecer a él. Hoy son otra cosa: dos seres humanos corrientes intentando sobrevivir en un mundo que casi siempre les queda demasiado grande.

