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Ragnarök

Ragnarök es la sombra del final dentro del imaginario de Los Doce Cetros. No está concebido como un simple dragón gigantesco ni como un monstruo más al que derrotar, sino como una figura ligada a la idea misma de destrucción absoluta.

Su función dentro de Entherra es elevar la amenaza a una escala mítica. Hay criaturas que pueden ser combatidas, enemigos que pueden ser comprendidos y villanos que actúan movidos por ambición, odio o deseo de poder. Ragnarök pertenece a otra categoría. Su sola existencia apunta al fin de una era, al miedo ancestral a aquello que no se puede negociar ni contener.

No quería que fuese únicamente “el dragón más grande”, sino una presencia casi profética: la imagen del desastre final tomando forma de bestia. Una criatura que no anuncia una batalla, sino la posibilidad de que el mundo entero se quiebre.

Los dragones siempre me han fascinado. Son, probablemente, mi criatura fantástica por excelencia. No recuerdo cuál fue el primer dragón que conocí, pero sí recuerdo con absoluta claridad cuál fue el que más me impactó.

De niño, entre todos los monstruos, héroes y villanos que poblaban mi imaginación, había uno que estaba por encima de los demás: Tiamat, el dragón antagonista de la serie Dragones y Mazmorras. En el doblaje español se le dio género masculino, “Tiamat, el dragón”, y durante años esa fue mi imagen mental del personaje. No descubrí hasta mucho después, ya adulto y con la información que trajo internet, que en la versión original Tiamat era una dragona y que el cambio había sido cosa del doblaje.

Durante años, Tiamat fue para mí la primera imagen del dragón definitivo. No tanto como un modelo que quisiera reproducir, sino como la criatura que me hizo entender lo que podía significar un dragón llevado al extremo: tamaño, amenaza, mito y presencia absoluta. Si aparecía Tiamat, todo lo demás quedaba pequeño.

A esa imagen se sumó otra que nunca he dejado de tener presente. Mi primo tenía un libro de ilustraciones de Dragonlance, y en él había una imagen de Clyde Caldwell dedicada a la forma dracónica de Takhisis, la diosa de la oscuridad. Aquella ilustración me marcó profundamente. Había algo en esa mezcla de majestuosidad, amenaza y divinidad oscura que se quedó conmigo para siempre.

Con el tiempo, por influencia de aquel Tiamat masculino de mi infancia, terminé diferenciando mentalmente dos ideas distintas: por un lado, Tiamat como el dragón definitivo; por otro, Tiamat como encarnación de una diosa de la oscuridad. Esa separación me acompañó durante años y acabó siendo importante para entender cómo nacería Ragnarök.

La influencia estaba ahí, y no quería negarla. Me gusta reconocer aquello que me inspira. Pero también tenía claro que, si quería construir un mundo propio y darlo a conocer de verdad, no podía limitarme a usar directamente una criatura que pertenecía a otros imaginarios. Había que transformarla, llevarla a otro lugar, encontrar una figura que perteneciera a Entherra.

La chispa llegó de una forma inesperada, en la facultad.

Un amigo muy religioso, al verme garabatear monstruos y criaturas, me hizo un encargo:

—¿Podrías dibujarme un dragón con siete cabezas y diez cuernos?

Me quedé pensando. Siete cabezas. Dos más que Tiamat. Diez cuernos. Era una imagen demasiado concreta, demasiado poderosa. Al principio no caí en la referencia, hasta que él me explicó que estaba citando a la bestia del Apocalipsis.

Aquello lo cambió todo.

De pronto, no estaba solo ante una variación de Tiamat. Estaba ante una imagen mucho más antigua, más simbólica y más universal: una bestia o dragón de siete cabezas y diez cuernos, según la lectura, ligada al fin de los tiempos. Una criatura que no pertenecía únicamente a la fantasía moderna, sino al terreno del mito, de la religión y del terror ancestral.

Ahí fue donde Ragnarök empezó a separarse de sus influencias. Ya no se trataba de crear “mi Tiamat”, ni de sumar cabezas para hacer una versión más grande. Se trataba de encontrar una figura propia para Entherra: un ser que condensara el miedo ancestral al final de los tiempos, el eco de los grandes dragones míticos y la idea de una destrucción que no pertenece a un solo cuento, sino a muchas culturas.

En Ragnarök confluyen muchas sombras antiguas: la Tiamat babilónica, la bestia del Apocalipsis, Fafnir en la tradición nórdica, Ladón en la mitología griega, Orochi en el imaginario japonés, Jörmungandr como gran serpiente del fin, y todos esos dragones y monstruos que las culturas han imaginado como guardianes, castigos, presagios o heraldos de una catástrofe.

Ragnarök nació de esa convergencia.

Su propio nombre apuntaba ya a lo que debía representar: no un simple monstruo, sino una idea de final. El omega de la historia. El destructor de mundos. La criatura que no podía sentirse como un enemigo más, sino como algo que, de aparecer, cambiaba por completo la escala del relato.

En su diseño había una intención clara: debía imponer antes incluso de entenderse. Las siete cabezas no eran solo un recurso visual para hacerlo más espectacular; eran una forma de convertirlo en una presencia casi imposible de abarcar. Un dragón con una sola cabeza puede ser terrible, pero sigue teniendo un centro. Ragnarök no. Su amenaza se multiplica. Mira desde varios lugares, piensa como una entidad fragmentada y total al mismo tiempo, ocupa el espacio de una manera antinatural.

Los diez cuernos reforzaban esa sensación de exceso simbólico. No quería que parecieran simples adornos, sino marcas de poder, señales de algo antiguo, ceremonial y monstruoso. Ragnarök debía tener algo de bestia sagrada y algo de aberración. Algo que recordara a los grandes mitos, pero sin convertirse en una copia directa de ninguno de ellos.

Para mí, su diseño también tenía que conservar una cualidad fundamental de los dragones que me marcaron de niño: la sensación de que no se puede negociar con ellos. Hay criaturas que pueden ser comprendidas, engañadas o vencidas mediante astucia. Ragnarök debía sentirse de otra naturaleza. Su presencia no anuncia un combate; anuncia una era que se quiebra.

Por eso, más que un dragón malvado, Ragnarök es una encarnación del desastre final. No funciona como una criatura diseñada solo para destruir físicamente, sino como una figura de cierre, de amenaza absoluta, de mito llevado al extremo.

No nació de ocultar mis influencias, sino de aceptarlas, mezclarlas y empujarlas hacia un territorio propio. Tiamat, Takhisis, la bestia del Apocalipsis, Fafnir, Ladón, Orochi, Jörmungandr y tantas otras serpientes y dragones míticos están ahí como ecos, pero transformados en otra cosa: una criatura destinada a ocupar su propio lugar dentro de Entherra.

Ragnarök es mi forma de mirar al dragón definitivo y preguntarme qué ocurre cuando esa figura deja de ser solo un monstruo y se convierte en una profecía, en una sombra sobre el mundo, en la imagen misma del final.