Overlock de Aspharoth
Overlock fue probablemente el primer personaje que dibujé específicamente para la novela. Puede que incluso lo hubiera dibujado poco antes, como un personaje sin rumbo, sin una historia clara a la que pertenecer.
Pero estaba destinado a convertirse en mi villano.
Su nombre nació como una derivación fonética de la palabra overlord. En aquel momento me gustó cómo sonaba, tenía la fuerza y la autoridad que buscaba para un antagonista, y así se quedó.
Su diseño nació de una contradicción visual que me interesaba mucho. Overlock es pequeño, pero grotesco. Anciano, pero musculoso. Su cuerpo transmite una fuerza incómoda, casi antinatural, como si la vejez no lo hubiera debilitado, sino deformado.
Su boca es uno de sus rasgos más importantes: una mueca cadavérica que, aunque parece dibujar una sonrisa, en realidad es un reflejo de muerte. No quería que fuera simplemente amenazador; quería que resultara desagradable, inquietante, alguien cuya presencia provocara rechazo incluso antes de conocer sus actos.
Aunque pertenece al clan de Aspharoth, Overlock es una mezcla extraña dentro de los demonios. Tiene la robustez de los Gargos, pero también cuatro alas, un rasgo más propio de los Vulpes. Esa combinación lo convierte en una figura anómala, difícil de clasificar incluso dentro de su propia especie.
Y eso encajaba perfectamente con él.
Overlock no debía parecer un demonio más. Tenía que parecer una desviación, una criatura nacida del poder, la ambición y la corrupción. Alguien pequeño en tamaño, pero enorme en amenaza.
En su origen, Overlock nació para ser un megalómano, un villano clásico. Un conquistador. Tenía algo de esos grandes antagonistas obsesionados con el poder absoluto: Skeletor, Sauron, Voldemort. Villanos sostenidos por una ambición desmedida, por el deseo de dominar, vencer o someter.
Pero con los años empecé a sentir que eso ya no era suficiente. La historia de Overlock todavía tiene mucho que revelar, y su origen no se reducirá a un trauma sencillo ni a una explicación cómoda. No quería justificarlo de forma fácil. Quería que siguiera siendo inquietante incluso cuando el lector empezara a entenderlo mejor.
Lo que sí tenía claro desde el principio es que no quería un villano en la sombra. No quería que Overlock fuera solo un nombre temido, escondido en algún lugar remoto o encerrado en una fortaleza. Quería que estuviera presente. No necesariamente a la cabeza visible del conflicto desde el primer momento, pero sí implicado en él.
Quiero que el lector lo tema. Que le inquiete su inteligencia. Y, sobre todo, que se desconcierte ante su impasibilidad frente a la posibilidad de la derrota.
Porque Overlock no actúa como alguien que teme perder.
Y eso lo hace todavía más peligroso.


